Filosofía

El día de la muerte de Sócrates

Por Filipa Falcao

Acusado de impiedad y de corrupción de la juventud, el Maestro Ateniense1 fue condenado a muerte por envenenamiento. Sometido a un juicio infame y a todas luces injusto, se defendió con rara dignidad, la misma con la que cumplió la pena después de rechazar ayuda para escapar. Lo que sabemos sobre este episodio proviene principalmente de los escritos que Platón, su fiel discípulo, nos legó; sin embargo, los diálogos platónicos no pueden ni deben ser encarados como un relato histórico, sino más bien como propuestas de reflexión suscitadas por episodios dramáticos, en los cuales Sócrates figura como personaje principal, cuestionando incesantemente a sus interlocutores.

Al penetrar en la celda donde Sócrates espera la muerte, y al acompañar su última conversación con amigos y discípulos, somos invadidos por una mezcla de espanto, respeto y admiración: no podemos dejar de notar la nobleza con la que enfrenta la muerte, la lucidez de sus palabras y la serenidad de sus actos. ¿Que permite a este hombre injustamente condenado comportarse de una forma tan digna? La respuesta se encuentra en la visión del mundo que defiende, en su concepción de la realidad, del propósito de la vida, de la muerte y del conocimiento. Eso mismo explica a los amigos, que más angustiados que él, no comprenden la calma e incluso alegría con que enfrenta el final.2

El diálogo platónico en que es descrito el último día de Sócrates, titulado “Fedon”, es sobre todo una descripción y legitimación del verdadero objeto y fin de la filosofía. Y esa descripción es, en sí misma, la justificación de la serenidad e incluso alegría de Sócrates ante la muerte. En pocas palabras podríamos así resumir el argumento tesis ahí expuestos: el verdadero conocimiento consiste en el conocimiento de las realidades inteligibles o Formas, y este conocimiento sólo es alcanzable separando, en la mayor medida posible, el alma del cuerpo. Ahora, la filosofía, como amor al conocimiento, es exactamente la actividad que, en vida, permite una mayor aproximación de la verdadera realidad, purificando al hombre que se concentra cada vez más en ver con los ojos del alma y no con los del cuerpo. Así, la filosofía es la más noble de las actividades humanas y prepara al hombre para, después de la muerte, en el momento de la completa separación del alma del cuerpo, ser capaz de alcanzar totalmente el objeto de su búsqueda: la verdadera sabiduría. Por esto mismo, Sócrates o cualquier otro filósofo sólo se pueden alegrar cuando al fin llega el momento de liberarse de los grilletes del cuerpo para contemplar, sin velos ni sombras, el valle de la verdad.

Esta tesis se asienta en dos presupuestos fundamentales: el primero es la existencia de una realidad inteligible a la que damos el nombre de Teoría de las Formas; el segundo la inmortalidad del alma, siendo la muerte la separación del alma del cuerpo. Debido a que el espacio que tenemos es limitado, vamos a detenernos apenas en el primero de estos presupuestos: la Teoría de las Formas.

La Teoría de las Formas o de las Ideas es una teoría central del pensamiento platónico; afirma la realidad de “cualquier cosa como lo ‘Justo’, lo ‘Bello’, el ‘Bien’, la ‘Grandeza’, la ‘Salud’, la ‘Fuerza’”, en resumen, “la realidad de todas las demás cosas, aquello que cada una de ellas precisamente es”. “Este tipo de cosas existe en el más alto grado posible”, pertenece a una “realidad distinta”, una “realidad del más allá”, a otra “esfera de conocimiento”. Las Formas son objetos puros, invisibles a los ojos, seres simples que se mantienen constantes e idénticos a sí mismos, luego inmutables e inmortales; existen en sí y por sí. Platón introduce, así, una distinción metafísica entre dos realidades, una sensible y otra inteligible – la primera, aquella en que comúnmente vivimos y nos movemos; la segunda, la realidad de las Formas. Esta última posee un estatuto ontológico superior; es una realidad “más real”, más verdadera, y es la causa de la realidad sensible.

Analicemos las consecuencias de esta teoría sólo aparentemente “primaria y tal vez ingenua”. Si todo aquello que existe en el mundo sensible, y que en su diversidad se ofrece a nuestros sentidos, no posee realidad en sí, sino una realidad que le es conferida por otra por encima de ella, una realidad hacia la cual tiende y por la que ansía, sin embargo no llegando a alcanzarla nunca, entonces este mundo es apenas una copia imperfecta o sombra de ese otro mundo, ya no “más real” sino, el verdaderamente real y por eso infinitamente más rico e interesante. Pero, si el mundo inteligible es la “verdadera realidad” responsable de la generación y corrupción de aquello que en el mundo sensible aparece, entonces sólo la realidad de las Formas es digna de investigación, sólo ella es el verdadero objetivo del conocimiento. Y, sólo el conocimiento de la realidad en sí, de las Formas o Ideas, podrá llevarnos a la comprensión de la finalidad última de todas las cosas; principalmente, el conocimiento de la Idea del Bien. El conocimiento no se puede constituir sobre aquello que permanece en eterno devenir; debe, por el contrario, procurar alcanzar aquella realidad una e inmutable que es condición de todo lo que existe.

Establecida la realidad de las Formas o Ideas podemos comprender la postura de Sócrates. Si el alma es inmortal, si la muerte permite la tan ansiada separación del cuerpo, entonces ella sólo puede ser recibida con alegría por aquel que dedicó la vida a prepararse para este momento, adornando el alma “no con adornos ajenos a ella, sino con aquellos que le son propios – esto es, templanza, justicia, coraje, libertad y verdad” para, así, alcanzar la verdadera sabiduría: como Filósofo y no como aquellos a los que la sabiduría basta “tan solo para embrollar todo y de ese modo satisfacerse a sí mismos”

Sócrates, como más tarde Cristo, Hypatia, Jacques de Molay, Giordano Bruno, y algunos otros, murieron porque no aceptaron conformarse con la ignorancia humana, y porque incentivaron a sus semejantes a hacer lo mismo, a cometer el abominable crimen de cuestionarse, de perfeccionarse, de nunca conformarse. Es terriblemente incómodo un hombre que se cuestiona. Es aterradoramente incómodo un hombre que no está satisfecho con los modelos sociales y culturales vigentes. Pero son invariablemente esos hombres aquellos que, con candidez, abnegación y sobre todo humildad, llevan a toda la humanidad de la mano, conduciéndola a nuevos niveles de comprensión de sí misma y del mundo. Sócrates no murió en vano, como no morirán los demás. Sus palabras y actitudes resuenan por los siglos, llegan hasta nosotros, y dos mil quinientos años más tarde todavía ayudan a los hombres a ser más dignos, más virtuosos y menos ignorantes. La muerte de Sócrates nos enseña, aún hoy, a vivir mejor. Y a seguir cuestionando.

Filipa Falcao

NOTAS:

1.- “Maestro ateniense” es una designación consagrada en la tradición filosófica para referirnos a Sócrates. Esta aclaración quiere distinguir ese título de aquel que usualmente es utilizado en esta revista, y que se refiere exclusivamente a individuos que alcanzaron un nivel evolutivo supra-humano.

2.- Es preciso tener presente que no hay, ni en la doctrina platónica ni en la ciencia esotérica, cualquier apología del suicidio; todo lo contrario, este es fuertemente desaconsejado. Lo que hay es una exhortación a la comprensión y aceptación de la muerte, la defensa de una visión que la entiendo no como el reverso de la vida sino como el reverso del nacimiento (así como la muerte es la puerta de salida del plano físico, el nacimiento es la puerta de entrada).

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